Aquí llega Amistad – Aclamado Amistad

Durante el 25 de mayo de 1975, las escuelas primarias argentinas celebraban el primer gobierno patrio bajo líneas higienistas, violentas y palitoorteguistas en tanto se le daba la espalda a la Sociedad Italiana de San Jenaro Norte donde, cual amantes para arreglar la vida, Luján Iniges (guitarra), Rolando Ríos (timbaleta y voz), Enzo Galassi (acordeón), Juan Carlos Santos (bajo) y Juan Carlos lliotti (animador y accesorios) en libertad todavía calurosa y santafesina le daban vida a Aclamado Amistad.

Porque el aleteo de la mariposa es real, en Villa Eloísa en septiembre del ’83 debuta como cantante el gran Mario Luis Díaz. La Democracia que nadie vio.

Recién en el ‘89, derrota del radicalismo mediante, nos regalan Aquí llega Amistad, donde la herencia y el sueño wawanquero se extiende a lo largo de media hora. 

Acordeones intensos coronan “El rojo clavel”: una pieza cariñosa con lo justo que en menos de tres minutos puede referirse tanto a un romance de bailanta como a una venérea.

“Desde la punta de aquel cerro viene bajando un corazón”, así Mercedes Sosa no arrancó nada. La magia de Mario Luis se define con el estribo todavía más pegadizo que la invitación inicial. Socios, dos corazones que se encuentran por el Camino del Inca o en Yacaré Megadisco, sube al cielo y se mantiene constante y lisérgica.

Baja la velocidad porque empiezan a moverse las caderas para hablar de un amor que se fue y un corazón afectado en Ya no soy tu dueño. Llora el hombre al que no le pertenece nada. “Tenía tierna mirada, su carita angelical. Tenía suaves las manos como la espuma del mar. Pero un día, sin pensarlo, muy de repente partió, dejando sola mi casa y un corazón con dolor”.

Amor millennial: el chico del Conurbano que se fue a vivir a Caballito con su modelo de pecas y de cafés con dibujos de Pikachus de Instagram. Ella flashea asamblea permanente lésbica y lo abandona, dejándole la cola llena de preguntas. Él no sabe si planear un viaje a Europa del Este o empezar un curso de suculentas.

Para alegrar el corazón asusta. Podría ser un chiste eterno para S*n C*dificar: “Tocala, tocá, tocala, tocala un poquito más”. La hipótesis que vuela por los aires cuando se aclara que el tema está harto dirigido al acordeón. “Para alegrar mi corazón tengo que oír un acordeón”. Perfectamente digno para iniciar un trencito o para una persecución al mejor estilo GTA.

Termina el festejo, pero se quedan las caderas porque resta el dolor. Qué poco queda de ti” es poesía que circula entre el Medioevo y el muralismo mexicano. “Levanté en mi pecho un altar sagrado para su reinado. Tarde, me di cuenta: lo que le ofrecía nunca le alcanzó”. En el Libro tibetano de los muertos se explica cómo Adrián Dárgelos se valió de esta historia para darle luz a “El pupilo”. El estribillo, pegadizo, delata la meditación metafísica del abandonado después del zapoi que lo dejó en bolas. Exorciza y empodera.

Si bien el pesar es un elemento ontológico del arte santafesino, sus trovadores se valen de la rapidez y de los acordeones para que ese dolor no se afiance ni se exprese en estados del Facebook. Vuelve la lisergia para que Mario Luis y sus amigos cuenten su historia signada por infortunios y colores.

“Este es el ritmo del Aclamado Amistad”, recitan para hablar de su lucha por la música, la madurez y el estrellato en “Somos cuarteteros”.

El amante santafesino se harta de los celos de la Susana posesiva en Caray con el caray”. El ritmo no nos permite pecar de sobreescolarizados para encontrar huellas patriarcales y nos lleva a sumarnos a la debilidad del cantante: “te tomo la cintura y me vuelves loco”. El contrato sexual que Fisher se comió. Lo conflictivo tampoco se define porque se dibuja con acordeones un contrato de libertad imitable (foto de Simone de Beauvoir, Sartre, el Che y Maluma).

“Qué potra que sos, esto no se aguanta más”, la verdadera pasión edípica (en general, cumbiera y, en particular, litoraleña) declarada está en Las cachas. Una oda a los cuerpos reales de carne y curvas que el Paraná creó para que la cumbia valga todavía más la pena.

“Marianela” abre las puertas del final del primer corte de Aclamado Amistad. Se trata de la vida de una romántica joven que va al mercado y que vende flores, que “su alegría va cantando” y “un perfume va dejando”. Marianela, trabajadora tan constante como alegre, es la versión luminosa de la Alma Varela creada por Pol-ka para meterse en un romance de traición, venganza y secretos con Luciano Castro en Valientes.

El final de la llegada de Aclamado Amistad se corona con Volveré a rondar otra vez”, un poema entre chacarera y chacarera: “Ayer pasé por tu casa, me tiraste con un beso. Te juro, mi amor, te juro, yo nunca me olvido de eso”. (La Mona Jiménez lo grabó en el 2006 en sus 90 enganchados en Monero de alma).

No hay temores porque hay celebración y hay trencito.

Florencia García Alegre   

 

BURRA