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Ese soy yo: el eje sandrístico en Leo Mattioli y Dárgelos

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“¿Por qué me enamoré de él? Porque era el más lindo del barrio”, afirmó Marina Rosas, la mujer de Leo. Ella 14, él 17. Por suerte no fueron fuente de inspiración de una canción de Fito. “Esa negra es mía”, le dijo Leo a su madre. Esa negra pasaba en bici por la puerta de su casa, provocativa, haciéndose ver frente al macho alfa en celo. Casi como arrojar una gacela a la jaula de un león.

Leonardo Guillermo Mattioli, leonino de nacimiento y fallecimiento, fue echado de la escuela secundaria a la edad de 13 años. Eran las 10 de la mañana de un día cualquiera, momento ideal para decirle a su viejita que decidía abandonar los estudios para insertarse en el mundo laboral. Comenzó como vendedor ambulante, ofreciendo baldes y fuentones de puerta en puerta. Su jefe era el padre de un amigo, y al poco tiempo de arrimarle el bochín a la madre de Leo, se convertiría en su patrón y padrastro.

El pequeño Leo que iba a la primaria era un niño feliz que se trepaba al árbol, y una vez allí arriba, jugaba a estar sobre un escenario y de paso le cantaba a los vecinos. Estamos hablando de las calles de Barrio Centenario, Santa Fé, justo detrás del estadio de Colón. Casas bajas, zona tranquila, los chicos juegan en el asfalto sin miedos ni presiones (Secretos Verdaderos dixit). “Andábamos por todos lados, era linda esa época”, dice Marina refiriéndose a los tiempos de juventud de Leo y ella. “Le encantaba la noche, andar con amigos, era muy salidor”, agrega de manera evocativa, con una lágrima rebelde deslizándose sobre su mejilla sonrojada.

El resto, es historia conocida. Grupo Trinidad, carrera solista, seis críos. Amor, dinero, cumbita, deficiente salud.

Poco sabemos, en cambio, de la vida de Adrián Dárgelos. Su padre heredó un puesto de diarios en el andén de una estación X, y a los 9 o 10 años, el wachín Adrián tuvo su primer trabajo: se encargaba de catalogar y “discriminar” los libros que estaban prohibidos por la dictadura militar. Al mismo tiempo, Dárgelos aprovechaba para separar los ejemplares que le interesaban porque, según él, “a nadie le importaba si esos libros se vendían o no”. Cuestión que de una novela de Jean Cocteau, Los niños terribles, el cantante de Babasónicos extraería su seudónimo artístico.

Dárgelos y Leo Mattioli

Más información sin chequear a continuación, porque Adrián Dárgelos no es Adrián Rodríguez, y no tiene ningún inconveniente en traficarle información falsa a la prensa especializada: finalizada la etapa escolar se anotó en Publicidad, y luego en Filosofía y Letras, hasta que decidió dejar la universidad para comunicarle a sus padres que sería escritor. Antes, durante quinto año, laburó en una disquería de Lanús. Viajó a Europa tras vender todos sus discos, aunque previamente, hizo escala en Nueva York como lavacopas. Vivió unos meses a pleno lumpenaje en Londres, París. Entre otras anécdotas inexactas, en el viejo continente vio a los Happy Mondays. Tiempo después habría un regreso sin gloria al país, sí, y la década del ’90 lo recibiría con los brazos abiertos para convertirlo en uno de los grandes protagonistas de la escena rockera nacional.

Hay un punto en el cual las carreras de Leo Mattioli y Dárgelos convergen. 2001.

Tengo el cuerpo hecho a medida del romance, mi traje favorito es el amor.

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Babasónicos edita Jessico, mientras que el León sale a las bateas con Ese soy yo. Ambos discos tienen 12 temas, y se deben escuchar de punta a punta porque son excelentes e indispensables. Los dos artistas en cuestión llenaron el Gran Rex a fin de año (recordemos, 2001), acariciando el éxito que hace rato se la había escapado de las manos a nuestra querida República Argentina.

Desde entonces, y durante toda la década, Leo alcanzó a ser contemporáneo del último Sandro al convertirse en el más romántico de la cumbia. Sus nenas, claro, en su mayoría eran mucho más jóvenes que las fans del gran Gitano. Ellas tenían la edad de las chicas que contribuían a la creciente convocatoria de Babasónicos, oh casualidad, cuando en el repertorio de la banda de Dárgelos comenzaban a reinar las baladas calenturientas.

Leo Mattioli, sin embargo, nunca utilizó palabras como “oropel” o “comodato” para demostrar destreza poética en una canción. A él le bastaba dibujar una línea de arte en el aire con frases como: “Contigo en la cama es como hacerlo en el cielo”, o “Lo que siento cuando estoy cerca de ti es un fuego que me atraviesa la piel”. Además de su fama de intérprete, es digno de destacar su poder de cantautor. Cumbia santafesina con acordeón, de calidad, hecha por sus propios dueños.

En el citado y hermoso Ese soy yo, todos son highlights. Arranca con “Y vete ya”, y sigue con “Oh! Jesus”: dos hitazos que podrían oficiar de permanente rotación radial como lo fueron casi todos los temas de Jessico.

“Como podré”, por su parte, se trata de un melodrama cargado de cadencia sensual. Lírica sexplícita corte “Los calientes”.

En “Quédate tranquila”, baja un mensaje conciliador. Trata de una mujer que vuelve al barrio con su marido, y con un pibe de tres años que en teoría sería del protagonista. Dice que su intención no es molestarla, que el que se va del vecindario ahora es él.

Más luego, “Quiero yo saber. León inquisidor, busca el amor que desapareció en el mundo. Secuencia de parques, adolescencia, sol. Vamos a fumar un porro ahí.

Promediando el disco, “Mátame” y “Carta del corazón”. La primera, en clave atorrante corte Cacho Castaña, y risa pícara a lo Sandro. Tremenda combinación de próceres. La segunda, una historia conmovedora que habla de una fan no vidente. Cosas que solo puede relatar un genio como Mattioli.

“Ese soy yo”, la que da nombre al disco. Implacable declaración de principios con pizcas de caserón de Banfield. “Cuéntale”, en tanto, habla del padre que ya no está. Estremecedor a nivel Le pido a Dios. Dato: la canta en vivo con la madre, alto momento Edipo.

En la recta final, “Mejor estar solo”. Cachengue para descomprimir, halo a Los Palmeras. Mensaje positivo, concreto. Ritmo constante que hace transpirar los corazones.

“Estar con un ángel”, clasificada a las 10 cumbitas de los enamorados; y “Porque te quiero”, un lento al estilo Marco Antonio Solís para despedirse. Guitarra filosa, tristona.

Ese soy yo, el Jessico de la cumbia romántica, tiene una tapa y contratapa que redondea la obra. De frente, Leo de camisa lila con una pose onda “vos descansá, mamu, que yo te cuido”, y un amor amarillo durmiendo detrás suyo; y en el arte de tapa trasero, el puño y letra del compositor leonino en penumbras, acompañado por un vaso de elixir etílico.

Ese es él, Leo Mattioli. El ídolo.

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Federico Durán 

BURRA