Críticas Wacheando

Gilda, no me arrepiento de este amor

Entrar a la cancha con un gol desde el vestuario debe ser algo así como meter en los cines una película de Gilda en la que Natalia Oreiro encarna a Gilda, se parece a Gilda y te hace creer que es Gilda. 

(Este texto va a decir muchas veces Gilda)

Gilda

Lorena Muñoz, directora de Gilda, no me arrepiento de este amor, toma una decisión muy conveniente al sacarse de encima, así bien de una, el tema de la muerte. La película empieza arriba del cajón de la cantante mientras lo llevan a la Chacarita: La protagonista SPOILER muere en un accidente de tránsito. Después, lo que sabemos: se convertirá en ídola popular, le construirán un santuario y hasta le harán una película.

Lo que aparece en pantalla no es la vida de Gilda, sino una selección precisa de escenas que van desde Gilda como Miriam Alejandra Bianchi hasta Gilda convertida en Gilda. El film apenas pone un pie en el podio de la cumbia. Miriam sólo tuvo cuatro años para poner en marcha ese ascenso y su muerte fue el impulso que terminó de coronarla ¿Qué hacemos nosotros en cuatro años? Esperar un mundial.

Recordemos que desde el 96 para acá hay toda una generación que creció (¡y hasta nació!) con una Gilda en el recuerdo y quizás por eso choque un poco la imagen del comienzo de mujeres llorándole a un cajón: entonces Gilda alguna vez estuvo viva, fue algo más que un vestido azul con una corona de flores, que una banda sonora. Gilda murió y alguien la lloró. Un país la lloró. O medio.

Si tenés ganas de agitarla toda y revolear el brazo al ritmo de “Corazón Valiente”, te vas a decepcionar un poco porque te vas a encontrar con un melodrama intenso, con la historia de una maestra de Devoto que elige seguir su sueño, meterse en la cumbia, en boliches turbios, separarse del marido. Tenés seis, siete años y tu mamá decide que su vocación es ponerse minifalda, botas y subirse a tarimas de antros nocturnos para cantar cumbia y volver a casa cuando está amaneciendo. Creo que esos dos pibitos, los pibitos de Gilda, merecían un par de planos más.

La película tiene sus momentos musicales, claro, porque es sobre Gilda, porque Natalia tiene que hacer pasitos tropicales, porque Natalia tiene que desplegar su talento vocal, porque tan garcas no van a ser como para privarnos de movernos en nuestra butaca al ritmo de “Fuiste”.

Gilda

Gilda genera una intimidad tan aplastante que por momentos sentís que estás invadiendo algo privado, que estás mirando algo muy de cerca, que activaron el zoom y que vas a entrar en los ojos de Gilda. Pará, no sé si estaba preparada. Abrime un poco el plano y mandame una cumbita.

Oreiro logra desdibujarse casi por completo. Digo casi porque a veces se le escapa una arenga al público que tiene más de Cachorra que de Gilda. Igual tengo que admitir que canta bastante bien. Digo bastante para no ser condescendiente: jamás sonará como Gilda. Ni ella ni nadie. Pero su voz re va. Hasta te olvidás de que le puso Merlín Atahualpa al hijo.

Eso sí: a nadie le importa, Nati, que te sientas identificada con la historia de Gilda. Sí, vos y Gilda se parecen en que trabajaron mucho para cumplir sus sueños. Saber que “naciste” para interpretar a Gilda no nos hace disfrutar más de la película y de los pochoclos. Dulces, por favor. Los pochoclos siempre dulces.

La versión acústica de “Se me ha perdido un corazón” es lo más incómodo de la película. Ya habíamos visto un anticipo en lo de Susana. Una mujer pasando sus uñas sobre un pizarrón habría sido más directo. ¿Te imaginaste las uñas en el pizarrón y te pusiste mal? Perdoname.

No llegás con los agudos, Natalia. Sacate para protegerte. Ahí sí me olvidé un rato de Gilda y sólo le rogué a la ídem que se termine, fundido negro y a otra escena. Volvamos al cajón, no sé, algo.

Cosas que garpan: actúan miembros de la banda original de Gilda, actúan fans de Gilda, Mollo hizo los arreglos de guitarra, Gilda cuenta que escuchaba Sui Generis, la versión de “Paisaje”, la actuación de Melingo como padre de Gilda, la escena en la que Gilda y su banda cantan “Corazón herido” en una cárcel y un par de presos suben al escenario.

Hermoso momento. Nada que envidiarle a Moria Casán y su estadía friendly en la cárcel de Paraguay o a Johnny Cash y su disco grabado en la prisión de Folsom.

Cosas que sobran: Gilda vestida de novia parada sobre un auto en movimiento y el velo cayendo en la ruta, todo muy videoclip; Gilda borracha tomando sidra del pico y cayéndose en el patio de su casa. Innecesario; planos de Gilda mirándose en el espejo; escenas en el baño de Gilda.

El disco que ya está en Spotify con trece temas de Gilda cantados por Natalia Oreiro.

Gilda, no me arrepiento de este amor se atreve a mostrarnos algo -no demasiado- del reverso, de la cara íntima del fenómeno Gilda que ya conocemos porque alguna vez vimos un especial de Crónica o fuimos al santuario o fuimos a la Chacarita o nos quedamos hasta las dos de la madrugada mirando sus videos en youtube.

Menos mal, Gilda querida, que no te arrepentiste de este amor, de haber renunciado al trabajo en el jardín, de haberte separado, de haberte enamorado de tu manager, de haber metido quince shows por semana y pasado horas viajando en micro.

Nosotros tampoco nos arrepentimos de este amor y yo tampoco me arrepiento de haberte visto en pantalla gigante.

Coronados de flores, ¡vivamos!

Luciana Ruarte

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