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Juan Cinza y Tango Villero

Dicen que el tango, como el perro, siempre te está esperando. A partir de un vínculo más social que musical, Juan Cinza y sus gedes le ponen un poco de 2×4 a la cumbia villera y esperar, que espere tu vieja.

tango villero

El infinito laboratorio musical se está torciendo para el lado del cachengue. Porque ahora todos se agarran de la cumbia, ¿viste? Cumbia electrónica, cumbia-reggae, los loquitos esos de la cumbia-fuga y hasta la cumbia común y corriente, pero hecha por/para rugbiers.

La bailanta con sus nuevas fusiones oscila así entre lo mainstream y lo indie, lo experimental bizarro y lo que es cool. Todo re divino, ¿pero qué onda con la identidad que va por fuera de lo musical, con la idiosincrasia de sus autores? ¿No se les olvida algo, chochamus?

Como si fuera un mundo totalmente ajeno, en la Plaza Dorrego se arma un showcito de tango filmado por una pareja de ponjas que llegaron acá fascinados y esperando que todos la sepamos lunga de milonga. Lo merecemos por pensar que todos ellos son tintoreros y karatecas,  que todos saben hablar en chino, y que el chino y el japonés son el mismo idioma, je.

Pero no, amigo nipón, eso ya se perdió. Preguntanos por el fútbol, por el asado, por el rol de los medios. No, por eso no. Bailar y tocar tango menos. Aunque bancá, no te vayas, te podemos ofrecer otra cosa. ¿No tenés cinco minutitos para hablar de la voz del Señor?

La cumbia y el tango tienen una relación acérrima, y no te hablo de esas relaciones falopa como entre el payador y el rapero que nos quiso vender Andy Kusnetzoff, man, MAAAN

Estos dos géneros, cabe aclarar, tuvieron historias inversas. Es decir, mientras el tango partió de la crudeza marginal a lo popular-masivo para quedar finalmente como un signo inmaculado de distinción, la cumbia hizo exactamente el recorrido contrario.

Dicho esto, en su base los dos son lo mismo. Ni el tanguero ni el cumbiero adoptan poses foráneas, ni las reclaman. Avisan, conocen a quien le hablan, saben dónde está parado y qué cartas se juegan.

Este vínculo de clase se puede ver trazado por Discépolo en “El Hincha”, y en lo musical por El Cuervo cuando nos canta “Quién fue el raro bicho… Quee ahÒra bAiLa DifèèreNte.. No soN CumBierOs.. SòòLo Les MììEnten…”.

Ambas facetas terminan de ser clarificadas hoy en dia por Juan Cinza y sus gedes del tango, en el disco Corta la Bocha. Se puede decir que ellos abordan lo popular y  la cultura suburbana, siempre exaltando criollismo, eso que comparten el tango y la cumbia villera. Puede parecer injusto con la cumbia, pero lo que me interpela de ella es precisamente lo que comparte con el tango: el arrabal, la tristeza bailable y su negritud desafiente frente a censuras hipocritas” , Juan dixit.

No obstante, cualquier análisis teórico sobre este trabajo queda chico al darle play.  Cinza abre la boca y desparrama la lírica de Duraznito sobre la guitarra criolla. “Claaa, mirá que bien quedaba, tenían razón estos pibes de Burra, dame 15 revistas”. No, bueno. Pero el escuchar esclarece todo y el paralelismo se vuelve inevitable, encauzado en un diálogo que combina el lunfardo y lo carcelario.

El líder de estos malevos post riesgo país lo rectifica: “Hay que aclarar que los tangos villeros no se tratan de una fusión. Acá de cumbia sólo está la letra. Musicalmente hablando, no queda casi nada”. Hay que darle la derecha en esa, las melodías son adaptadas y la armonía también, y precisamente de ello deviene la revalorización de las composiciones

“En cierta forma ‘Corta la bocha’ es un homenaje a los Pibes Chorros. Quisimos ponderar la oscuridad criolla en la profundidad de sus letras”, menciona Juan.  Para que despejar dudas, en la versión de El guacho cicatriz aparece el lirismo de lo real, una onda la pulpera de Santa Lucía, con la capacidad para transportarte porque, si bien cada uno funciona como relato de época, a la vez reconstruyen arquetipos de barrio inmortales: el  buchón, el goma, la puta, el vicioso, la vieja…

Sobre este tema, Cinza termina de soldar la unión de ambos géneros al contar su experiencia con el propio Ariel. “Nos contó que en su casa se escuchaba mucho Agustín Magaldi”.  Además, al toque de escuchar sus canciones reversionadas, les dijo: “¡Mirá vos, no sabía que hacía buenas letras yo!”.

Otro punto de contacto resulta de la estigmatización una vez traspasadas las fronteras culturales, llevándonos a pensar: ¿Qué tara tienen los del canon con la tristeza bailable? Juan refiere al asunto del COMFER en 2002, cuando la cumbia villera fue censurada dentro del ámbito televisivo, intentando excluir a los negros jactanciosos de la arena pública. El archivo remueve las palabras de Pablito Lescano en aquel entonces: “Qué sé yo… Así como alguna vez prohibieron ‘Cambalache’, ahora prohíben la cumbia”.  Más claro abrí el MSN y ponele un emoticón, ñeri. Es la historia de la cultura y sus redefiniciones ad infinitum.

Cinza y los gedes Ariel Bazán y Pablo Barilatti, junto a la “nueva generación” de tangueros y poetas como Mariano Dublín (cuyos sonetos son musicalizados en Corta la bocha) comparten un tránsito anterior, una ida y una vuelta del rock nacional.

“Antes a los 15 años me llegó el tango y creo que encontré en ese género un hálito maldito que el rock venia perdiendo”. Hoy, a través de la militancia, de poner los pies en el barro y en el barrio, este grupo de pibes se reencontró con el arrabal trasnochado, como declara Juan, “el tango estaba ahí, jalando base en la esquina”.

 

Pablo Sebastián RojasMaría Emilia Merlo

BURRA