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Las 10 Cumbias de Silvina Giaganti

Mujer de Géminis oriunda de Sarandí (aunque ya no ranchea allí). A veces, también, escritora. Aunque lo más importante es que cree con tesón en el amor y en que cada uno de nosotros puede contar un apéndice de su existencia cantando 10 cumbitas.

Silvina

Tabaco y ron – Juan Corazón Ramón

Como José Luis Perales, Django, Sandro y Ángela Carrasco, escudería de lujo de la música latina que se escuchaba en los ochentas, Juan Corazón Ramón sonaba en las fiestas y reuniones en Sarandí en esos años. Me acuerdo de una noche de mediados de diciembre que, después de comer y de tomar cerveza y vino, los grandes se pusieron a jugar a la lotería y nosotros al semáforo. Ellos en las mesas en ele del patio de la casa del Nene, que hacía años lo había dejado la mujer con tres hijos y le gustaba llenar su casa de gente todo el tiempo. Nosotros, los sub 18, nos fuimos a jugar en el pasillo largo y oscuro que estaba al costado de la casa. Yo tenía 11 años y le pedí rojo al chico popular. Había aparecido en el barrio y se quedó parando ahí. No recuerdo si era primo de alguien o decía que era primo de alguien. Usaba campera de jean al cuerpo y flequillo recto y era muy carismático. Cuando lo tuve enfrente, me dijo que un día yo iba a ser su novia, pero que ahora era muy chica. Y me dio el beso en la boca. Nunca fui su novia porque después de ese verano no lo vimos más. En el patio sonaba Tabaco y Ron en un grabador plateado doble casetera.

Amores como el nuestro – Los Charros

De chica lo único que quería era crecer, ser más grande, tener más de 18. Tenía que ver con la fantasía de ser dueña total del diseño de mi vida y creía que llegar a los 20 años solucionaba eso. Y un poco así fue. Al año me fui de la casa de mis padres; me puse a estudiar lo que quise; me enamoré y me dejé cuidar, que era algo que necesitaba mucho. Los noventas fueron una de cal y una de arena: terminé el secundario a los ponchazos, perdí mucho tiempo, me costaba estar contenta, sentía que la vida estaba en otro lado. Que estaba lejos de lo que quería y cerca de lo que no me interesaba. Pero ahora pienso que estar medio perdida, rifar el tiempo y sentirme bastante incómoda me hizo darme cuenta de todo eso y ver qué hacer. Y también hubo muchos momentos luminosos, recovecos por donde entraba la luz. Mi válvula de escape: salir siempre. A la esquina, al kiosko, al bar, a una fiesta, a bailar. Me acuerdo una vez que estábamos jugando con dos o tres amigas de la secundaria una ficha al pool en un bar de la calle Marconi en Avellaneda centro y empezó a sonar Amores como el nuestro de Los Charros. Ellas dejaron los tacos apoyados en la mesa y se pusieron a bailar, y a mí me pareció bien pero no me sumé, me quedé escuchando la letra.

Fuiste – Gilda

En Argentina un muerto con santuario propio es un muerto popular. Gilda lo tiene. Parte del colectivo que mordió la banquina y se la llevó a ella, a su mamá y a su hija, lo corrieron para hacer el monolito que se volvió un lugar de fe donde la gente va a pedirle milagros: un coche para ponerlo a trabajar como remís, un embarazo que se hace esperar, un terreno para hacerse la casa de los sueños en Ezeiza o en Plátanos, que la mamá de alguien se cure, que no falte el trabajo. Gilda, una bailantera atípica que no creció desde la bailanta hasta el doble platino por calzarse unas botas de caña alta en un cuerpo voluptuoso. No, Gilda ya era etérea estando viva, usaba capas azules y una corona de flores. Fue una Iemanja nacida en 1961 en Villa Devoto bajo el nombre de Miriam Bianchi. Fuiste es una canción suave y briosa a la vez, es la canción de una mujer empoderada que manda a volar al mezquino que no la considera ni le da lo que se merece. Ojalá estuviéramos tan determinados a hacer lo que se hace en las canciones.

Pega la vuelta – Grupo Sombras

De nuevo Sarandí, esta vez verano del año 94 o 95. El barrio estaba completamente monopolizado por las canciones del Grupo Sombras, que salía del equipo de sonido del Fiat 147 del vecino de al lado, del taller mecánico del turco de la esquina, de las ventanas y los patios delanteros de las casas. El hit era Pega la vuelta. Para esa época yo ya pasaba cada vez menos tiempo en mi casa. Estaba terminando el colegio, había empezado a trabajar un poco para comprarme libros y discos y para pagarme salidas, y salía mucho por Capital: San Telmo, Microcentro y un boliche en zona norte que quedaba en la playa. Escuchaba Velvet Underground y leía a Leonard Cohen, un libro de poemas, Flores para Hitler, que me había regalado un novio que también me hacía escuchar música que no había escuchado antes. Todavía tenía amigos en el barrio pero cada vez me aburría mas el barrio y lo que hacían y como pensaban mis amigos de ahí. Y al mismo tiempo me sentía una infiltrada en casi todas partes. ¿Con cuantas cosas rompemos a lo largo de una vida? El amor no dura, no dura la amistad, nuestros prejuicios se van poniendo más sofisticados y los vínculos son intermitentes como una lamparita floja. Las cosas se alejan y se acercan todo el tiempo, como una orilla que se marca y enseguida pierde la forma por la embestida del agua.

Fue lo mejor del amor – Rodrigo

Me acuerdo del día que se mató Rodrigo porque ese sábado tenía turno para castrar a la Bembé, la gata que, me dijo una vecina, habían revoleado de un tercer piso de la mitad de cuadra. La gata se guardó en el motor de un 404 negro que estaba abandonado. Le di de comer tres meses hasta que me agarró confianza y primero me empezó a seguir hasta la puerta del edificio, pero se iba cuando la quería hacer entrar. Hasta que una noche me siguió y en vez de dejarla ir la agarre del pescuezo y la subí de prepo. Ese sábado la llevé a la veterinaria, la dejé y la fui a buscar tres horas después. Tenía el costado derecho afeitado y se le veían los puntos manchados con Pervinox. Estaba totalmente boleada y drogada por la anestesia, y así y todo se incorporaba y caminaba como una borracha por el cuarto donde le armé el bunker post operación. Hasta el día me acuerdo, 24 de junio del 2000. A la noche prendí la tele y vi la placa de Crónica, se mató Rodrigo, así en letra blanca gorda toda en mayúscula sobre fondo rojo. Lo había visto en la tele unas semanas atrás en una charla mano a mano con Majul donde contaba su vida, su infancia, hablaba de su mamá Beatriz Olave, de su ex mujer, del hijo, del mundo de la bailanta, de la noche, de Córdoba y de las tentaciones de ser El Potro Rodrigo. Estaba bien vestido, zapatos italianos color marrón claro y ropa al tono. Aunque ya lo tenía por sus canciones, sus apariciones mediáticas y los 13 Luna Park que había hecho unos meses antes, lo escuché toda la entrevista y me cayó 10 puntos. Y además me parecía hermoso y ultrasexual, me calentaba. De esa entrevista me llamó la atención el brillo que tenía en los ojos, un brillo desbordado. Cuando se mató pensé que qué lástima que no pudo aguantar un poco más y hacer como Sandro que se construyó un muro de 10×40 en Banfield y ecualizó de forma soberbia su relación con la fama sin comerse el verso de la idolatría.

La isla con chicas – Kumbia Queers

La primera vez que escuché la palabra queer fue cuando empecé a ver la serie Queer as Folk en el 2000. Recién unos años después la escuché en Puán. Buscando traducción, Queer as folk daba algo así como “puto de barrio”. La versión original era británica pero acá pasaron primero la norteamericana/canadiense producida por Showtime. Era un grupo de 5 o 6 amigos y una pareja de madres lesbianas, con un protagonista totalmente hermoso y perfecto, Brian (Gare Harold). Después apareció la versión lésbica, The L Word, con algunos personajes simétricos como Shane, la Brian mujer, la tomboy mas stylish de todos los tiempos, que tanto copiaron las chicas en look y estilo. La verdad es que así como Madonna hizo por mi empoderamiento tanto como Simone de Beauvoir, las series mainstream hicieron tanto como la universidad. Las Kumbia Queers, ni tan mainstream ni académicas, en La isla con chicas tiraron toda la carne al asador de los tópicos lésbicos porteños: San Telmo como lugar de iniciación en los tempranos noventas, el Tigre como cadena de islas recluidas y propicias para el amor sáfico, las camisas leñadoras, la pandilla como clave de alianza más fuerte que el noviazgo, Madonna en versión cumbia y con un tono alegre, dicharachero y desdramatizador, dieron en el blanco de una sensibilidad menos pesada que se estaba polinizando por ahí.

Estoy saliendo con un chabón – Los Sultanes

El otro día escribí en las redes sociales todo el respeto que les tengo a los viejos gays que pasean por Santa Fe entre Pueyrredón y Callao. Y agregaba que a los 70 años quiero ser como ellos y seguir buscando amor. Me gustan y me identifico con los modos de cortejo y levante que tienen sus propios lenguajes gestuales, y con marcar territorio en lugares geográficos y usarlos para mirar, para hacer amistad, como puntos de encuentro o de yire por el yire mismo. Lugares que tienen más de una capa, donde se ve el mundo de todos los días, el cotidiano, el hegemónico, pero si empezás a mirar con más detenimiento ves como aparece otro mundo con todas las cosas del anterior pero más tenues, como algo escrito con el dedo sobre una ventana mojada. Las embestidas vienen después, en los lugares donde hay movida. Pero ese yire previo, para conseguir lo que sea, una tarjeta para un boliche, sexo casual o un taxi boy, tomar un vino o un champán en el Olmo o en Babieca hasta cualquier hora, charlar con conocidos o desconocidos me parece lleno de vida. Me gusta caminar por ahí, ver cómo se incuba y desarrolla una secuencia, me gusta ver cómo la gente de cualquier edad va indefensa por ahí buscando amor o un rato de ternura.

Movidito – Sebastián

A Carolina la conocí porque puso un aviso en una revista que se llamaba 13/20 donde decía que buscaba conocer chicas. Y dejaba su dirección completa para que le escriban. Yo lo hice y después de mandarnos varias cartas y hablar por teléfono un par de veces, nos encontramos y nos gustamos. Era muy difícil armar la logística para vernos porque además de que no se tenía que enterar nadie, ella vivía en Villa en Pueyrredón y yo en Avellaneda, y no teníamos adonde ir para darnos besos en paz. Yo tenía 14 y ella 16, el pelo enrulado y los ojos verdes achinados. Una vez ella vino para Sarandí y tres o cuatro veces yo fui para su barrio, pero siempre nos veíamos en el Parque Thays, donde estaban las terminales del 110 y del 17. La fui a ver a Villa Pueyrredón un par de sábados a la tarde, a la matinée de City Hall, un boliche que quedaba en la esquina de Nazca y Mosconi, a cuatro cuadras de su casa. La matinée arrancaba a las 7 de la tarde y antes de las 12 terminaba. La primera vez llegué a las 8 y la busqué por todo el boliche mientras sonaba la tanda de cumbia más pegadiza de los noventas: Ricky Maravilla, Alcides, Miguel Conejito Alejandro, Pocho la Pantera. La vi cuando empezó a sonar el hit Movidito de Sebastián, estaba hablando con una amiga en una esquina, apoyada contra una pared de venecitas plateadas. Me acerqué y nos dimos un beso en la mejilla. La hermana menor también andaba en el boliche y no podíamos demostrarnos nada. Salimos y fuimos a caminar. La noche era totalmente veraniega, de los arboles bajaba olor a perfume, yo estaba totalmente enamorada. Nos besamos fuerte contra las paredes de las cuadras que caminamos. Cada vez que le daba un beso sentía que llegaba a la luna. Tal vez me resultaba sobrenatural porque había esperado mucho tiempo para que pase. No sé cuánto tiempo había pasado desde que salimos de City Hall pero a mí me parecieron que fueron nada más que 20 minutos. Pero no, habíamos estado afuera transando en la calle más de dos horas. Cuando volvimos al boliche la hermana la estaba buscando y medio alterada le preguntó dónde habíamos estado, mirándome de arriba abajo con expresión de ¿vos quien sos? Pase lo que me pase en la vida, me voy a acordar siempre de los besos que nos dimos con Carolina contra las paredes oscuras de Villa Pueyrredón.

Atrévete a mirarme de frente – Los Wawancó

Al Nene, el mismo de la historia de Tabaco y Ron que su mujer había dejado con tres hijos a cargo, le gustaba llenar su casa de gente, ser anfitrión, hacer fiestas, reuniones y cumpleaños. A su casa le decíamos la casa del pueblo, quedaba en mitad de cuadra, tenía un fondo de 50 metros de largo, una pileta de material y un cobertizo de chapa al fondo donde hicimos los primeros asaltos. Un día se le ocurrió que nuestra cuadra tuviera una murga. Había muchísimos chicos y chicas de edades parecidas, de entre 8 y 15 años, la mayoría pasábamos casi todo el verano en el barrio, y éramos un imán para que los de otras cuadras se sumaran a la nuestra. En la comparsa me tocó ser bastonera. A la vuelta de casa había un club, Defensores del Monte, que tenía un buffet adelante de todo con dos metegoles, una cancha de papi y una de básquet, y un entrepiso donde había un bar bien rústico. En el verano en el Monte se organizaban carnavales todos los fines de semana de febrero, viernes, sábado y domingo. Se cerraba la calle Villegas donde estaba el club, entre San Lorenzo y Luján (cuatro cuadras total), y donde desfilaban comparsas de Sarandí, Villa Corina, Gerli, Domínico, alguna de Wilde. Cuando terminaba el desfile se armaba baile en la pista del club, en la cancha de futbol. Cumbia toda la noche, parrilla con choripanes, vino y cerveza y coca para los menores. Era tal la confianza con el Nene, con el club y con los que manejaban el club que nuestros padres nos dejaban ir y quedarnos como hasta las 5 de la mañana con los ojos cerrados. Se tomaba, se bailaba, se armaban parejas entre separados y había hasta vecinos de trampa, alguna vez se armó más de un escándalo cuando la mujer de alguno fue de sorpresa y lo sacó de los pelos porque estaba con otra. En esos bailes escuché por primera vez Atrévete a mirarme de frente de Los Wawancó, en esa pista llena de humo de comida, manteles de papel, espuma de carnaval, matracas, vecinos un poco borrachos y con el chalequito puesto que decía Silvina que una vecina me había cosido con lentejuelas en la parte de atrás.

Vete de mi lado – Los Chakales

Es 31 de diciembre de 2015, voy a Sarandí para pasar fin de año con mi familia en la misma casa donde viví hasta los 21. Tengo que ir temprano porque después de las 7 de la tarde ya no hay remises y no puedo ir en colectivo porque llevo a la perra, así que caigo tipo 7. Mi pieza sigue igual que cuando vivía ahí, salvo por las 14 cajas de teóricos y apuntes que llevé después de recibirme y que me sigue dando cosa tirar. Mi mamá estuvo al lado del horno toda la tarde preparando comida como para un batallón: matambre, pollo al horno, ensalada rusa, empanadas, colita de cuadril con papas. A mí que no como carne hace 16 años me hace ensalada, empanadas de cebolla y queso, papas fritas, y me compra unos sanguches de miga para que no me quede con hambre. La heladera revienta de gaseosas, soda de sifón, agua mineral, cerveza, sidra, anana fizz y champan extra brut que también compraron para mí. En la mesa como, charlo, discuto, activo sin esfuerzo los capilares por donde corre sangre calabresa. Ellos hacen lo mismo. Después de tantos años ya no sé quien empieza y quien se engancha. Es algo de todos los años, no disimular ni un gesto y decir las cosas en la cara. Yo ya estoy grande y por momentos siento angustia y por momentos me causa gracia. Se hacen las 12, brindo, recuerdo a los muertos, alguien llora y el resto abraza. En la vereda mi papa intenta prender como todos los años un globo de papel. A veces le sale y el globo sube varios metros hasta que se pierde de vista.

A las 4 de la mañana me estoy yendo a dormir después de haber comido doble ración de todo, y pasa un autito con tantos pibes arriba que el chasis roza el suelo. Frena en la loma de burro de la esquina. Están escuchando al palo Vete de mi lado de Los Chakales. A veces creo que un día, mucho más adelante, después de haber dado todas las batallas que tenía que dar en otro lado, voy a volver a vivir ahí. Voy a sacar la silla afuera en verano, voy a tomar soda de sifón, y un día voy a pegar unos cabezazos y me voy a caer de esa silla como en el padrino, sin dolor, sin darme cuenta. Otros días sé que no, que trabajo todos los días para mantener la distancia.

Silvina Giaganti

BURRA