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Libre / El Pepo y La Superbanda Gedienta

El Pepo Libre

Un ángel para tu pubertad

El Edmundo Rivero de nuestros días, ese que sonaba en los fondos de tu provincia adolescente, vuelve a la calle que lo ungió como bestia pop de la cumbia gedienta. El regreso del amo del falso asado, los berretines de verduga y las mejores interjecciones de la cumbia mundial.

¿Qué canción sonaba de fondo cuanto te tomaste tu primera cerveza? Ah, te hice flashar en colores. Volvamos.

Invierno circa 2004. Ni bien entraste a la casa del asalto te sacaste, molesto, el cuello polar. Podía ser azul, negro, verde oscuro. No mucho más. Con  uno de esos elásticos que se cerraban arriba se hacía gorro. Al toque, Roque. Sigamos volviendo. Lamparitas amarillas sin portalámparas flotan en la noche sin luna de Lanús. Hace frío y ahí están Azategui — ¿ese fue el primero en ser papá? Sí. Igual nos enteramos cuando se fue de curso—, Yesi —que ya tiene cuatro pibes y va por más—, la Jenny —con esa nos despabilamos todos, dunas de un cuerpo guaraní, dice Spinetta; catorce años, boludo— y los pibes. A algunos todavía los ves seguido, a otros no. Vos te comiste el chamuyo de la comunicación, otros ya tienen un auto. Varela se fue a vivir a La Plata. En 2001 le decían Tyson. En 2003, el Niño Rata. Y en 2005, Bicho. Devaluación asimétrica marca cañón. La ronda se cierra más, sopla el viento y las aureolas de luz naranja bailan en el contrapiso. Hace frío y ni en pedo tomarías eso pero juancito le entrás?  Y sí, más vale. Entonces es la primera vez que ves el cielo así, escindido por el cuerpo duro de una botella de vidrio marrón cuyo contenido baja al ritmo ¿de? Pensá, salí de la ronda, saltá la mesa de plástico, buscá el centro musical y esas estrofas. Podés haber aplicado delete con la división por dos cifras, pero no con eso, no cocon esa caminata no precisás bailar / tú mueves esa cola de aquí para allá / no muevas esa cuna que yo me pongo gede / no muevas esa cuna me despertás el nene.

el pepo

Pepo. Los Gedes. Pepo. Hay un 19 y 20 de diciembre para tu pubertad y es ese, amigo, después de eso nada volvió a ser lo mismo. O volvió a ser lo mismo pero vos ya escabiabas, fue.

Regresemos. Invierno circa 2015. En una de esas te recibís en un año y medio, algunos de los pibes ya están juntados y usan el hermoso vocablo “estar juntado”. Y “mi ahijado”, también. La otra vez te lo cruzaste a Varela y no lo recordabas tan ancho. Jugaba de siete y era rápido, una rata. El Niño Rata. Ahora labura en la refinería de YPF en La Plata, dice –casi con tristeza, dice.  Parece que te mirara desde el otro lado del vidrio de un acuario, no sabés por qué. Labura en la refinería de YPF en La Plata y no juega más de siete ni hace la mejor peor imitación de Fito Páez que hayas visto jamás. La vida es un taco de pool que nos pega y tác, a la mierda Varela y los pibes y la nena que te enseñó que las pecas, las pecas, amigo, podían hacerte sufrir tanto. El taco de pool también golpeó la bola del Pepo, claro. Y varias veces.

En 2001 Rubén Darío Castiñeiras engrosaba la vagancia en San Fernando, en 2005 el Pepo era un cumbiastar capaz de mover a 25 mil mexicanos en Monterrey; en 2007 un artista en plena rehab que había vuelto a los bailes previo paso por una granja y en 2008 un rancho de Ezeiza que penaba una entradera malograda fierro en mano y fisura. A pesar de todo y a través de todo, la indeterminación del sino no pudo más que la madera de ídolo popular y el Pepo, libre, volvió con –claro- Libre, un disco soñado adentro y materializado afuera.

Libre puede funcionar a modo de caja fuerte de la esencia peposa, un espacio a salvo de la tormenta que azotó, y que, ahora –nuevos horizontes para uno de los máximos letristas del género-, sirve como prueba de que todo está intacto, de que todo permaneció a pesar de la reja y la goma, la distancia encerrada de Ezeiza y el choque diario con el muro, la soledad. Ahí está el oficio baudeleriano para explotar vetas vírgenes de la dimensión pudorosa del inconsciente colectivo (“Empanada con flecos”), el himno de bailanta edificado en silabas para el tablón, (“Te voy a hacer feliz”, featuring la amiga de esta casa Romy DJ) y el picante conurba aplicado filoso a la leonera (“No hay pasada”).

Pero además entrega la reflexión pre mortem que pudo hacer el Pepo (El helicóptero me va a matar) y los escritos más allá del alambre (“Madre mía”), un cheque en blanco a la hora de hablar de la maduración de un cantor que, no hay dudas, maneja el pulso masivo como pocos, un Edmundo Rivero de nuestros días que maneja un universo semántico similar al del “feo”, pero aggiornado al berretín del milenio nuevo.

Gravitan también el timbre Roland y el staccato gediento marca registrada de la banda; el coro de voces femeninas alla mexicana que Pablo Lescano le legó como productor tanto al género como a Los Gedes y el juego de vientos onda “Nieve Boliviana” que humedece cada tanto tu atmósfera estival.

Todo en función de las sonrisas que te ganan las gambetas líricas y musicales de Libre; un disco que te conduce otra vez hacia las selvas de tu pubesencia y que es, en un doble horizonte de la obra, otra muestra de que ni la droga ni el penal pudieron alejar al Pepo del aura popular que lo reclama.

 

Juan Relmucao

 

BURRA