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Más Duros Que Nunca / Flor de Piedra

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¿Puede un género alcanzar su cenit en el disco que casi lo inicia? Ese esquivo pero no imposible -considerar el punk- fenómeno tranquilamente pudo haber ocurrido con la cumbia villera. Más duros que nunca se gestó durante 1999, cuando al género lo sostenían contadas bandas, una decena de discos y pensar en cumbia era pensar en un solista romántico o en una agrupación de temas románticos.

“I’m waiting for my man” balbuceaba Lou Reed cuando, en pleno hippismo onírico, The Velvet Underground, en el segundo tema de su primer disco, ya tiraba a la basura ese concepto naive de la droga y hablaba sin caretas de  estar hecho una lacra humana mientras se espera por el transa y la sustancia. “Hay que locura que tengo, el vino me pegó y te veo con mi amigo entregándole el marrón”, se quejó Dany Lescano en -lo que son las casualidades- el track dos de Más duros que nunca.

Definir un género, torcer el rumbo de la movida tropical y al mismo tiempo poner el límite tan alto que ninguna otra banda haya podido superarlo ya es todo un hito, pero lo que eleva al álbum por encima de sus contemporáneos es la perfección de cada sonido que habita en sus doce canciones.

Es que Más duros que nunca tiene un pedigree descomunal, como si en sus 23 años (la edad que tenía al componer y producir el disco), Pablo Lescano  hubiera, además de mamado la cadencia del Litoral, caminado el altiplano, rozado el Pacífico, habitado la selva colombiana. A las letras picantes que son el núcleo del disco las sostiene un andamiaje de wah wahs que te erosionan la cabeza, riffs folklóricos en clave andina, irresistibles arreglos de teclados que son marca registrada del autor, acordeones que trinan como pinzones de Barranquilla.

El sonido de la banda es como un inmenso río que nace en la frontera entre Perú y Colombia, cruza  Brasil, se adentra en Bolivia, recorre Paraguay, desciende por el Litoral y desemboca, ya en la pampa bonaerense, hacia el Río de la Plata. De cada región toma un color, una sonoridad, un matiz para sus arreglos o una textura para sus parches. Las riquísimas influencias de las cumbias americanas viven en Más duros que nunca, y jamás morirán, por supuesto

BURRA