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Patria Grande / Locura Tropical, Los Wawancó

Esta semana se cumplieron 60 años de la fundación de la única multinacional que le dio alegría a la vagancia: Los Wawancó. COMETE ESTA SOJA VENOSA, Monsanto: review de “Locura Tropical”, el primer vinilo de los primeros de la cumbia en Patria Grande:

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1959 – Locura Tropical, Los Wawancó.

Sin saber de qué iba la cosa, nacen Fabiana Cantilo y Sandra Russo y se oficializa la comercialización del DIU. También nacía Pedro Aznar y los padres de Juanes se estaban conociendo en alguna confitería, pero lo cierto es que nada de eso tiene que ver ni con la revolución ni con la unión de los pueblos latinoamericanos.

Triunfaba la Revolución Cubana, Uruguay registra la peor inundación vivida, en Bolivia se revelan 10 mil mineros y nace Evo Morales. Muere Camilo Cienfuegos ¿Casualidad?

Patria y sangre no fueron causa de este crisol de pueblos: Costa Rica, Perú, Colombia, Chile, Mar del Plata, que dan a luz en terreno argento. De la mezcla entre el conocimiento, el ocio y la distancia, el wacherío se conoce estudiando medicina en la Universidad Nacional de La Plata. Se les dio por hacer música caribeña, merengues, jalaítos, boleros y mapalés porque querían entretenerse con algo mejor que un feto enfrascado.

Se trataba de Hernán Rojas (Q.E.P.D), Mario Castellón, Rafael Aedo, Enrique Salazar, Sergio Solar y Carlos Cabrera (más adelante, se sumó la supernova de Gustavo Miguel Loubet). Nacen el 9 de noviembre como una banda netamente escorpiana, condición que se traduce en su capacidad de vivir todas las primaveras posibles, de cantarle a la fiesta y a la “edad madura” sin convertirse en lo que no querían ser.

No se convocaron por panfletos con conciencia de clase cuando lo cierto es que corría el ’55 y estaba todo mal. Locura Tropical, el primogénito.

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El lado A

Se abre con “Callate corazón”, con la voz de Hernán Rojas.  Ella fue una zorra, pero él le pide a su propio corazón que no llore, hombre fuerte que no cedió ante la misoginia tras ser herido #Honor.
Entre el agite y lo caribeño, en dos minutos y medio no nos dan espacio a compadecernos. Delicioso.

“Un empujoncito al carro”. Si tu papá es tan mecánico como gede, lo vas a asimilar tando como a las corticoides.
Compraron una nave del ’30, por cuestiones obvias “cualquier cosa le hace daño y por eso no camina aunque le eche gasolina”. El problema es que el motor la quedó cuando salió a vacilar con la novia.
Otra situación en la que la compasión no llega porque apenas entendemos lo grave de la circunstancia si estamos en pleno jolgorio.

Al final, el carro vuelve a funcionar “sin tenerlo que empujar”. Soluciones mágicas si las hay.

“La fiesta de los ratones”, empieza con maullidos a lo single de Mr. Gato o No toca Botón. Un ratón escabió de más, le pegó mal y despertó al gato de enfrente. “Si no se acaba, lo acabo yo”, dijo el gato y el ratón se le paró de manos: “ven a comerme que aquí estoy yo”, frase que se repite al final de cada estrofa. Iluminados por el fuego es un chiste al lado de este conflicto.

La moraleja es que todo pasó porque estaban borrachos, superada la cuestión, el barrio en orden.

“Apagame la vela”. No dura dos minutos la delicada solicitud a la negra María. O advertencia: “siempre le digo que si me apaga una vela, hay otra siempre encendida”. Bigamia porque el Amor libre en el ’60 –como en el 2015- era un concepto muy difuso.            

“Ven morena”. Caribe y circunstancia. “Yo me desespero”, dice él porque ella está increíble y lo sabe “porque hay en su cuerpo ritmo y sabrosura”. El piano se luce como un campeón.

“Atlántico”, impass instrumental que no se extiende por más de dos minutos. Ideal para cortar con la secuencia autorreferencial. Ideal para mojarse la nuca para poder seguir gediendo. Retoma con “Siento una conga” que cuesta distinguir si se trata de una chica o de una sustancia. Todo bien con lo sesentista, pero no eran tan naif como para componerle un tema a un ritmo, ¿no?.

“Su ritmo candente me invita a gozar”, con otro piano que vuelve a humillar al pelotudo de Fito Páez.

El lado B                  

“Deja que suba la marea”, amenaza con quedarse en un bolerito hasta que no. El protagonista es Juan hasta que se encuentra con Pepe, el Chulo, rimador profesional, metidos en el mar en un prefacio de freestyle rapero.
Un solo de guitarra se extiende hasta el final con un “deja que suba la marea” tan loopeado como subliminal y budista.

Mulatas del cha cha cha”. Tanto Jim Morrison como cualquier milonguero se copiaron de esto. Por otro lado, es una oda más a la elegancia, la seducción y el talento de las negras. Gracias, BB’s, otra ilustre victoria por sobre las pecosas mezquinas.

De este contexto, viene “Gracielita” que seguro es negra porque le aclara, digna, al yacaré (diría mi primo, el mencho) que, pese a haberse tomado el pire (cuestión que al yacaré inunda de indignación y angustia) “cuando se quiere de veras, la ausencia no importa nada”. Esto, Gracielita lo explica en una carta, cuestión que ilustra cómo ella la está pasando regio en Punta Cana, supongo, mientras retiene al bobi melanco con palabras dulces.

“Que pa mí solito”, repite él, desesperado, posesivo y crédulo (entiéndase: corneta) hasta el final.

“Dímelo en inglés”, bolerito cha cha chado que cuenta cómo Facundo fue a estudiar inglés porque estaba enamorado. “I love you, negrita linda yo te love you”, hermoso y sorpresivo porque nadie daba un peso por Facundo en Broadway. Lo re quiero, Cynar mediante (ay, re hipster).

“El Patuleco”, timbales y circunstancia para contar la historia del pibe que se la pasa “tomando ron y comiendo pan”, #Prudencia. Patulequito, entre fana de Viejas Locas y bohemio. La pregunta que se corea hasta el final es “¿A dónde va Patuleco?”. A Colombia, papu.

No iba a tardar en aparecer el carácter cristiano. “La Cruz” no tarda en no darnos la razón cuando la cuestión es que el pibe fue a San Antonio a pedir novia y, lo mejor, la amenaza: “Si no me da novia, nadie lo endereza”.

Los recién llegados la ubicarán más por el “palo, palo, palo, palo bonito, palo eh. Eh, eh, eh, palo bonito, palo eh”, reproducido por cualquier banda de entusiastas que  aseguran que reconocen en lo afrolatino algo propio.

“Gozando”, llegamos al final con un poco más de tres minutos. Un Chachachá para balconear, para agradecerle a Dios las curvas que los genes nos legaron. Exquisito.

Inconfundibles, siempre vigentes. Feliz cumple, besos mil. 

Florencia García Alegre

BURRA