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Rodrigo, campeón argentino del cuarteto

Una lectura sobre cómo la figura del boxeador y del cuartetero se integraron en  Rodrigo Alejandro “El Potro” Bueno, transformando para siempre el escenario del cuarteto cordobés.

El campeón

“Gracias a mis enemigos por ayudarme a progresar. 
Si no fuera por ellos no tendría con quien competir.
El día que se acabe la competencia, se acaba toda mi vida.”

Con éste agradecimiento se despedía “El Potro” de un público de 250.000 personas en la ciudad costera de Mar del Plata a comienzos del año 2000; meses antes de ingresar en el Club de los 27, el mismo día en que 65 años antes nos había dejado Carlos Gardel, otro ídolo de la música popular. Este dato no es menor, veremos que parece más una causalidad o una paradoja, humor negro del destino.

Este cuartetero cordobés, que tomó el legado de La Mona Jiménez y lo transformó y expandió a todo el país y a todos los sectores sociales, truncó accidentalmente su vida luego de, para los supersticiosos, llenar 13 Luna Parks en el apogeo de su carrera.

Aquí es donde me detengo. El rápido avance del amarillismo sobre la primicia de su muerte, apresurado por tener los mejores planos de la autopista ensangrentada antes de que desmonten el escenario; luego por tener las imágenes del característico pelo azul envuelto entre mortajas y todo el escándalo póstumo entre idas y venidas judiciales y escándalos personales; dejó a un costado lo que podría ser denominada como la joya performática de este personaje que no sólo fue el embajador de la música folklórica de su provincia desde el arco de Córdoba hacia afuera a nivel nacional, sino que en el proceso lo impregnó a fondo con su estilo personal. Un “degenerado” del género.

Volvamos un rato al pasado. Año 2000. Presentado por Daniel “La Tota” Santillán entra por el pasillo del Luna Park  Rodrigo “El Potro” al ritmo de Eye of the tiger, cubierto por la capucha de su bata satinada que reza “Campeón argentino del cuarteto”, con la misma nobleza con que pudo haberlo hecho Carlos Monzón en sus años dorados.

http://www.clarin.com/extrashow/musica/Rodrigo_Bueno_0_1381662012.html

http://www.clarin.com/extrashow/musica/Rodrigo_Bueno_0_1381662012.html

¿Fue simplemente una estrategia estética por haber tenido la oportunidad de tocar allí ante miles de personas?

Me opongo a creer que se tratase sólo de un juego de apariencias, y me remonto a la figura del boxeador instalada en el imaginario social, proveniente de Norteamérica. Figura abordada por músicos, artistas y literatos (Como Cravan, London, Hemingway, Bukowski, Cortázar,y la lista sigue…) a lo largo de la historia y de importante trascendencia en este país.

Selecciono entre todo los candidatos una figura. Pienso en Justo Suárez, el “Torito de Mataderos”, a cuya trayectoria Cortázar le dedica su reconocido cuento. Entonces lo veo, veo una figura surgida de lo bajo, que por virtuoso en su campo se eleva vertiginosamente a la fama y luego se abisma a la misma velocidad en otro caso de ironía trágica.[1]

Rodrigo en el Luna Park[1]  A Sófocles se le considera el auténtico maestro de la ironía trágica, por la que el hombre que parece haber alcanzado el culmen de su fama se precipita de inmediato en las más míseras desgracias físicas o morales.

Son personajes que ponen el cuerpo, que captan multitudes, que encarnan en el ring la metáfora de la lucha cotidiana.

¿Cómo es posible entonces que en un ambiente donde predomina la estridencia y el conocido paso de La Mona aparezca alguien que se calza los guantes?

Es un punto de inflexión el momento en que Rodrigo se sube al ring, sin oponentes al menos visibles (¿Quiénes habrán sido los enemigos contra quienes agradeció competir?), y demuestra que su marca registrada no es sólo el acento cordobés, sino también la mixtura de elementos que integra. El cuarteto no volverá a ser el mismo después de esta reelaboración, que añade ingredientes porteños que le generan mayor y mejor recepción. Uno de ellos el tango, con su casual aspecto de “bribón”, de agite constante (“Antes era canillita, ahora paseo algunos perros que quieren cantar” escupe en un programa de tv escudado tras su carisma desbordante).

El otro, el boxeo. Tal es así que en el programa televisivo Pasión de Sábado se produjo a modo de show un enfrentamiento mano a mano con Jorge Rodrigo “La Hiena” Barrios donde el resultado fue dictaminado como empate técnico entre los dos campeones. Posteriormente, Rodrigo aseguraría que las similitudes entre ambos se hallaban en que los dos tenían un título y, típico de estas figuras, se encontraban en un lugar donde les ha costado mucho llegar y no dejarían que nadie manosee sus carreras. Quizá podría agregarse con el paso del tiempo a favor, que lo que los diferenciaría es que, en tanto a accidentes automovilísticos, uno se convertiría en víctima y otro en victimario.

Al anunciar su supuesto abandono, Rodrigo aseguró que prefería “retirarse con el título en la mano” y, bromeando, que podría esperar a lo mejor que lo retasen para quitárselo en el Madison Square Garden. Por esto, no está de más mencionar la gira pendiente en Estados Unidos, meca donde van todos los púgiles prometedores, que nunca llegó a concretarse.

Por último, me atrevo vincular con otro artista que se puso los guantes y cito:

“Digamos que Hemingway, como la mayoría de los escritores norteamericanos, acostumbrados a ver el boxeo como un deporte de espectáculo, desde la óptica del “sueño americano”, con campeones o perdedores, fomentó la imagen que nos ha llegado a través de la iconografía cultural estadounidense del boxeador como un antihéroe del pueblo; personajes nobles y bienintencionados pero que siempre salen derrotados en el ring y en la vida, después de haber rozado la gloria con la punta de los guantes.”

Florencia Lico

BURRA